Cada hombre tiene una imagen por la que renunciaría al mundo,

¿cuántos no la buscarían en una vieja caja de juguetes?

Walter Benjamini

Antes de planificar esta pequeña excursión, de fondo, allá lejos donde se forman y ondulan las preguntas que no somos capaces de completar por carecer de la sumisa aceptación de que, pase lo que pase, nunca van a recibir respuesta ya que pertenecen al orden de lo eterno –no tanto por irresolubles como por su torpe formulación–, hubo una que se repitió insistente, sampleándose a sí misma y componiendo la melodía que ha marcado el ritmo del viaje: ¿Por qué me produce tanto placer contemplar juguetes, miniaturas, exvotos, figurillas antropomórficas, casas de muñecas, títeres, esculturas…?

Es un placer –y una pregunta– que tienen que ver con varios asuntos al mismo tiempo, no todos claros ni separables, pero estoy iniciando el esfuerzo por esclarecer el punto brillante desde el cual la serotonina se activa y propaga hasta aislarme en la fugaz sensación de ser un cuerpo feliz. Ser un cuerpo feliz mientras en paralelo se oye la pregunta: ¿por qué?, ¿existe alguna razón para serlo?

Hay un comienzo rocambolesco en esta especulación; como utilizo toda la basura que encuentro para hacer mis muñecos muchas veces sueño que encuentro basura. En uno de estos sueños tropecé con una maleta llena de títeres antiguos, me extasiaba frente al tesoro, pero cuando en cuclillas acercaba mi mano para explorar de cerca el hallazgo, una energía negativa e inhumana detenía el gesto. No podía acercar mis palmas al interior de la maleta porque a cierta distancia recibía las terribles últimas imágenes de sufrimiento de las niñas polacas asesinadas en Birkenau que habían sido sus dueñas; es decir, estos títeres explicaban su buen estado contando la historia de las niñas que no habían podido jugar con ellos. No sabía qué hacer, desde luego no era basura, pero tampoco algo de lo que quisiese hacerme cargo. Contenía un testimonio histórico importante, un mensaje emitido de manera directa aunque sin un canal ni emisor objetivos para consensuar su veracidad como documento. Esos títeres me ponían en una hipotética situación de ética mediumnística poco agradable.

Bien, esto solo fue un sueño, pero los sueños y las visiones son las fuentes más fiables a las que acudo para establecer mi situación en el mundo. Tengo un modo de operar intelectualmente muy bíblico, creo en la honestidad de las visiones y dedico bastante tiempo y sinapsis a traducir su significado.

Algo de esto hay en el placer que segrego al contemplar este tipo de piezas, algo que me arrastra hacia un lugar fundacional; veamos si no me lío demasiado intentando convertirlo en paisaje sintáctico. Todavía existen adultos confundidos que creen que los juguetes y muñecos son cosas de niños, estos adultos han olvidado muchas cosas importantes al respecto, aunque entiendo que no a todos nos tienen que poner las mismas cosas. Los juguetes y los muñecos son, me temo que como todo, cosa de todos. Es decir, en un primer momento se puede pensar desde una psicología tontorrona que las personas que disfrutamos con esto conservamos algún tipo de anclaje en la infancia que nos hace disfrutar mucho cosiendo un muñeco o contemplando un caballito de madera.

En mi caso no tiene que ver con mi biografía ni con ninguna tendencia nostálgica porque no hago un viaje a ningún pasado singular; es, más bien, el recorrido hacia una relación inaugural del individuo con la materia, esto es, el juguete o la figura antropomórfica, que en principio tienen un escaso valor utilitario para el ser humano, a saber, contener en su eficacia esquemática algún tipo de realidad simbólica que active las capacidades imaginarias del que contempla o construye, porque con un juguete o una ofrenda votiva no podemos hacer otra cosa diferente a manipular un espacio construido enteramente por y para la imaginación; resulta ser la plataforma de cualquier otro valor utilitario de nuestra propia versión del mundo. El esbozo de esta versión que iremos complicando conforme añadamos nuevos símbolos. Primera apelación al sentido más importante a la hora de cuidar versiones del mundo legítimas y duraderas: el tacto, que aunque parezca una sinestesia escolar rudimentaria, es el sentido de toda visión.

Tal vez para los demás esta demarcación sea una obviedad, bien, no digo que vaya a enunciar nada nuevo sobre el tema, aunque me fascine y cada vez que lo mire con el ojo de las palabras me parezca tan perfecto y luminoso como un recién nacido. Esta primera participación de la materia con las facultades imaginarias, siendo como es una trivialidad también resulta, en mi sistema mental, el arranque de todo, el primer acto generatriz de cualquier mundo posible o deseable. Cuando admiro desde el otro lado de la vitrina una pieza no recibo solo los estímulos ópticos del objeto, no, en mi interior se agolpan en este preludio y a una velocidad inasible un caudal inmenso de visiones de las que a veces soy capaz de rescatar algo y otras solo me dejan la sensación de haber contenido la totalidad del mundo por un instante desde, pongamos por caso, un brazo diminuto de terracota. Hasta este punto llega la intensidad de mi placer contemplativo que, además, la mayoría de las veces es bidireccional y actúa como un rayo sobredimensionador; es decir, de repente de lo minúsculo me llega la totalidad y al mismo tiempo me convierto en algo enorme y descubro al universo como una combinación de cosas minúsculas en el interior de una caja de cerillas, resultando de ello la anulación de cualquier geometría o representación a escala razonable a cambio de una distorsión micro-macro mucho más sofisticada y potente. No estoy exagerando de un modo pueril, por un momento la amplitud del desastre y la miseria humana desaparecen. El Mediterráneo, por ejemplo, en lugar de ser la espantosa fosa común de miles de personas se reduce al tamaño de una gota perdida en la gran noche silenciosa de un inconsciente metahumano.

Esto solo me sucede de manera equiparable cuando observo un coleóptero o descifro un buen relato, no puedo estar más de acuerdo con Bachelard cuando dice «El cuento es una imagen que razona.»ii. El cuento es un juguete, una muñeca, una figura antropomórfica… No me ocurre con el arte y la naturaleza en general, no me sobreviene al mirar a la persona de la que estoy enamorada después de haber disfrutado de una jornada de orgasmos, ni al saborear la cena más exquisita del mundo. No salgo del cine, del teatro, de una conferencia o un concierto con esta sensación de plenitud. Me gusta leer y leer pero ni el más sesudo y completo ensayo me ha llevado a este territorio donde conexiones imposibles y transparentes conectan campos contradictorios y en permanente liza para hacer llegar la luz al corazón, frenar la velocidad del mundo y mostrar el infinito reino de paz que en algún lugar, desde lo liliputiense, existe. Es una inmensidad obsesiva y acogedora a la que no sé poner suficientes variaciones semánticas, pero que sucede, empujándome a buscar lugares que visitar en los que haya museos de juguetes, miniaturas, escultura o arqueología.

Excéntrico, pero me voy acercando. O al menos me voy alejando de lo que sería sencillamente una experiencia estética hedonista, que es lo que quiero decir que no es.

No tengo ninguna pulsión de coleccionista salvo, tal vez, adicionar los momentos de plenitud frente a esas vitrinas. No necesito tener datos y conocimientos específicos sobre el tema, realmente me da igual si esa figurilla está datada 4 000 años a.n.e., si el fabricante de esta tropa de plomo fue el primero del mundo. No tiene la más mínima importancia ponerle nombres propios, fechas, localización geográfica o técnica y materiales para la manufactura. Me la bufan esas cosas de un modo impropio para una licenciada en filosofía, pero esto es así: me importa una mierda el dato porque tengo la experiencia que además, está resultando muy adictiva, una droga, un trastorno, no sé a qué archivos privados accedo cada vez que contemplo, ni si hay mucha gente que sufre de la misma deliciosa enfermedad fenomenológica; pero cuanto más crezco más me hace disfrutar el hecho contemplativo y la autoconsciencia sobre ese mismo hecho metaobservado. La repetición debe de estar involucrada de alguna manera pues existe un constante deseo de repetir.

Y con la repetición aparece también la idea de control, de poder ser un turista que no se expone a ningún peligro o conmoción mayor que su propia capacidad de soportar este juego sensorial sin llegar jamás al aburrimiento. No soy capaz de sentirme hastiada de ver otra vez el mismo tipo de ushebtis, osos Teddy o locomotoras de tren enanas. Cada una de las piezas activa esa cosa que parece un éxtasis, pero que tampoco es eso. Es un placer más allá del principio de placer, que diría el repugnante de Freud, el otra vez de todo niño que juega según cualquier pedagogía básica.

Hablando de repetición no me queda más remedio que recordar cómo durante tres años, hace ya mucho tiempo, todas las noches en mis sueños se repetía el motivo de entrar a algún espacio random y robar un juguete. No llegó a agobiarme porque, al ser un adorno en la peripecia, no ejercía de tema central, era solo algo que siempre sucedía sin importar el cariz del sueño. Pesadillas, acciones cotidianas, viajes lisérgicos a otras dimensiones, daba igual, en algún momento y por mantener de algún modo mi identidad de soñante entraba subrepticiamente en algún sitio y robaba. Un día decidí hacer algo con este motivo, más por comprobar si, como onironauta, tenía posibilidad de interferir en ese adorno y realizar otras acciones más heroicas. Escribí una obra de teatro, La muerte onírica de Randy Crevel, y tomé la decisión creativa de comprar tantos juguetes como asientos tenía la sala donde la representamos una sola vez. Quería devolver todos esos objetos robados, liberarme de algo que no comprendía, corregir el bucle para ahondar en otras posibilidades. Después de ese día no volví a soñar que robaba nada. Sané la cleptomanía nocturna y pasé a otros descalabros que no viene al caso comentar aquí.

Hace poco más de un año nació mi sobrino, es la primera vez que tengo un bebé tan cerca y, entre las mil maravillas de este regalo, sucede que no puedo escuchar su llanto, que no puedo estar demasiado tiempo con él en brazos. Superado cierto umbral se apodera de mí una pena insoportable porque de repente no es él quién llora, es la humanidad. Mi angustia deviene al no tener la capacidad de asumir y disolver todo el incomprensible dolor del mundo siendo como soy nada salvo una figurilla con un niñito recién modelado en brazos.

Parece que estas dos anécdotas no tengan mucha relación entre si, pero la tienen, vaya si la tienen. Voy buscando juguetes para inventariar nuevas maneras de hacer porque necesito producir un muñeco por cada gota de dolor que sufre el mundo. En mi pequeño ejercicio curativo cada muñeco es una comunión con la luz. Un modo lioso de retornar este placer que parece tan complicado expresar. No creo que esto zanje la cuestión, pero estoy segura de ensanchar la grieta para permitir que vayan entrando las palabras e ideas que me faltan hasta completar la pregunta y reciclarla convertida en una sólida, y a ser posible amable, opinión.

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Como se puede ver en este mapa que me dieron en la Oficina de Turismo de Nuremberg, LA RUTA DEL JUGUETE es algo que los alemanes, tan sistemáticos ellos, tienen perfectamente organizada. Si entráis en la página ya lo veréis. Nosotros no pudimos cumplir con las expectativas profesionales que se proponen porque son 300 km con demasiadas paradas; así que escogimos cinco con la intención de dedicarle unos cuantos días a Berlín, que no por estar fuera del mapa tiene menos cosas que visitar.

1. NÜRNBERG

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La Iglesia Evangélica en cooperación con las autoridades alemanas de turismo conmemoraron los 500 años de la Reforma con este playmobil, el más vendido de la marca hasta ahora.

Hace 501 años 95 tesis cambiaron el mundo.

Hoy puedes comprarte este objeto en las oficinas de turismo, museos o parroquias implicadas en la biografía de Lutero, dado que playmobil no lo vende en sus tiendas y solo lo distribuye a estos lugares de peregrinaje.

Decir que estamos muy locos es poco.

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Aunque repleto de alegrías para expertos, me atrevo a resumir esta visita como la silenciosa marcha por la Galería de los Sustos.

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Durante la noche, por mucho que las esperé, no tuve finalmente pesadillas, creo que porque dormimos en una casa que tenía un árbol en el centro del salón, junto a la gran cama, y las pequeñas partículas de oxígeno puro acumuladas durante el día actuaron como microscópicos Budas benéficos.

2. COBURG

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1555a39117f22dbdf5abf11578bf71a8Die f|eissige puppenschneiderin, en español: estoyhechountrapo

3. SONNEBERG

Sonneberg es un pueblito de Turingia hecho de casoplones, árboles monumentales y puppendoktors que comparte cierto aire de familia con Twin Peaks. De visitar con prisa y tal. Pero menudo museaco de juguetes tienen a pesar de la aparente tralla que parece envolverlo todo. Spielzeug museum es una barbaridad, no solo por la disposición y riqueza expuesta, que también, sino por ese par de salas dedicadas a la antigüedad y lo foráneo.

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Exquisito.

Tuvimos un primer encuentro con la fórmula NEIN NEIN, que no fue la única, pero sí la más agobiante. Estaba tratando de hacer las mejores fotos de la historia frente a la vitrina de juguetes del Japón antiguo cuando una señora, que por sus andares y rostro simiesco se alejaba generosamente de su condición de señora virando hacia la compostura de un leñador desquiciado tras largos y solitarios inviernos en la Selva Negra, vino a gritarme NEIN NEIN antes de salir corriendo. Casi vomito por la nariz: en mitad del trance señora simio hizo que me flojeasen las rodillas, todo porque no la oí llegar, solo me dí cuenta cuando estaba de puntillas tratando de alcanzar mi oreja con sus gritos. Creyendo que me había saltado una norma judicial punitiva volvimos a la recepción a corroborar si, como ya habíamos preguntado, realmente se podían hacer fotos. Pero señora NEIN nos siguió. Después de hacer la pregunta todas las miradas se dirigieron a ella y corroboraron el NEIN, ella lanzó un suspiro bronco sujetando su bolso con forma de hacha y se marchó a perseguir a los otros dos visitantes que paseaban solos por las salas con sus móviles en las manos. Entonces el NEIN se convirtió en JAIN, o lo que es lo mismo, sepuedesiempreycuandoellanolovea. Señora simio no dejó de seguirnos, de pegar su brazo al mio cada vez que me detenía frente a algo durante más de cinco segundos. Maldito mono NEIN; estuvo todo el tiempo mirándome para convertirme en un tocón obediente. Hice mil fotos creando estrategias de distracción con mi compi, solo para seguirle el juego, la mayoría incluso enfocadas. Nunca la olvidaré, siempre será para mí la Lady Leño mal de Sonneberg, que no en balde es el pueblo donde tradicionalmente se han construido las más terroríficas muñecas de madera. De hecho, podría estar pensando todo esto, tallada por esa mirada del NO, en alguna repisa de la segunda planta.

4. ARNSTADT

Arnstadt –la puerta al bosque de Turingia– no solo es famosa por ser la ciudad donde Bach compuso su Tocatta y Fuga en re menor (1707-1709); sino por ser la residencia de la viuda del príncipe: Elisabeth Albertine von Schwarzburg-Sondethausen. La Doña que hasta 1740 se dedicó a construir una ciudad barroca en miniatura, la incomparable colección histórica MON PLAISIR.

Figuras con cabezas modeladas en cera y vestidas con prendas de la época actúan en diversos escenarios atiborrados de aperos, muebles, empapelados, telas, herramientas, cobres y la cerámica típica de Arnstadt, Fayencen.

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Recorrer las cuatro salas no solo me permitió este miniviaje de exploración al pijipasado, de lo que no dan cuenta las fotos que comparto pues aunque no había un NEIN explícito venía contenido en las estructuras expositivas. También, siendo como fue en la mitad exacta de nuestra ruta, se convirtió en la respuesta irónica del mundo de los objetos hacía mí pretensión explicativa.

¿Por qué me provoca tanto placer?

MI PLACER.

Mon Plaisir es el corazón insectiforme de la sincronía. Voy buscando mi placer y encuentro mi placer como espejeo más que como redundancia; los tambores de las sílabas MON-PLAI-SIR batiendo en mis mandíbulas se coagulan en los abalorios de un rosario de mantras. Mon plaisir para mi placer, dejando de lado, por una vez en mi subalterna existencia, la conciencia crítica e incendiaria que puede generar la contemplación de esta miniciudad hecha de exclusión, detalles y opulencia ridícula. Daban ganas de abrir las vitrinas y cortar esas putas cabezas de cera, es verdad, pero al mismo tiempo no lo es porque apetecía también ponerse manos a la obra para completar esa pútrida visión del mundo con una ciudad… uff… ¿global, contaminada, inhabitable pero lucrativa…? Llegados aquí –botón rojo de mon plaisir– veo la encerrona en la que me estoy atrapando con este colapso entre la idolatría y la iconoclastía y cojo el primer tren que sale hacia la atemperante

5. ERFURT

De este museo puedo decir que ya en sí mismo es una pieza de la colección. Reducido a un espacio diminuto y relleno con gula parece tan embotado y sudoroso como un señor gordito subiendo cuesta arriba a la hora de la siesta. Se nota la presión mirando los cristales empañados que protegen las miniescenas. Muy inquietante, con demasiada gente pequeña de la primera mitad del siglo 20 disimulando y maliluminada.

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Conseguimos rescatar a tres muchachos que podéis observar disfrutando de Berlín y que finalmente viven a sus anchas en mi habitación. Erfurt es requetebonito pero no quise liberarlos allí por si los encontraban y los volvían a encerrar en esas vitrinas malventiladas.

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c5dd14d719cc51ded0e39bb6a2029436Museum für Naturkunde

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BONUS TRACK

6. BERLÍN

DDR MUSEUM

No había muchos muñecos ni juguetes, pero aquí os dejo una sórdida selección de lo que fue el ajuar de una niñez planificada por el Partido.

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Las dos últimas fotos pertenecen a la llamadas Pausas de Orinal o Entrenamientos de Orinal. En los centros de día había bancos de orinales como los que se recrean para las pausas colectivas. El objetivo consistía en entrenar a los niños para que usaran los váteres de acuerdo con la educación social. Hasta que no hubiese terminado el último, ninguno podía moverse de su posición.

De acuerdo con el criminólogo Christian Pfeiffer este ritual explica la oleada de extrema derecha en los antiguos Estados Alemanes del este, protagonizada por estos bebés ya creciditos y que originó el «debate de las pausas de orinal». Pfeiffer defiende que la anulación del espacio para la iniciativa individual mediante esta colectivización de los movimientos intestinales conduce a un fuerte autoritarismo contra el diferente u otro.

El horror.

No sé vosotros, pero a mí estos juguetes me empujaron a sentir una profunda –y seguramente inmerecida– gratitud hacia todos los delincuentes que me intentaron adoctrinar en mi más tierna y democrática infancia.

De lo que pasó en Berlín, sobre todo en esos templos del expolio y la acumulación que poseen, os escribo otro día, porque fue muy novelesco el encuentro con algunas piezas y me gustaría que las intuiciones y enamoramientos que me traje se llenen de tiempo antes de ponerme sinceramente delirante a intentarlo.

Lo dicho, en principio, un placer…

iBENJAMIN, Walter (2015), Juguetes (traducción de Juan J. Thomas), Casimiro libros, Madrid

iiBACHELARD, Gaston (2018), La poética del espacio (traducción de Ernestina de Champourcín), Fondo de cultura económica, Madrid, Pág. 200

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